“La escritura rompió a mi lector inocente”, afirma Eugenia Campero. Y pocos atisbos de inocencia se detectan en los cuentos que conforman “Nadie quiere ser Beth”, una colección de relatos en los que cierto costumbrismo siniestro respira a través de los poros de la tucumanidad.

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Sobre este libro -su debut- editado por La Papa y sobre el oficio de escribir en el que va sumergiéndose habló Campero en esta entrevista.

- Son 18 cuentos los que reúne el volumen. ¿Qué hilo conductor encontrás entre ellos?

- El más descarado de los temas que atraviesan el libro, ya desde la tapa y el título hasta cada uno de los cuentos, es la muerte. Funcionó para mí como una obsesión que primero fue recurrente y luego buscada, como quien empieza a dejar un plato con comida a un monstruo que a veces se aparece de noche. Pero hablar de la muerte termina siendo la excusa de otros temas, la oscuridad que se echa para enfocar ciertas luces. “Ambrosía”, por ejemplo, relata un femicidio, pero por debajo es un cuento que habla de legados -por un lado, el de la violencia, y por el otro lado, el legado de las tradiciones familiares- y de la fuerza con la que se transmiten de generación en generación. En el caso de “El bolsillo izquierdo”, el velorio del abuelo es una puesta en escena para evidenciar la frescura y la inocencia con la que los chicos pueden lidiar con la idea de la muerte.

- ¿Y en lo formal?

- Otro hilo conductor es la estructura de los cuentos: son relatos más o menos breves que intentan seguir la teoría del iceberg de Ernest Hemingway. No me gusta hacer yo todo el trabajo, a veces está bueno dejar cosas para que el lector ponga de lo suyo. No necesitamos estar mirando el motor del auto para disfrutar del paseo. A veces, incluso, ni siquiera necesitamos saber a dónde vamos.

- ¿Los escribiste para este libro o es una obra reunida de mucho tiempo de trabajo? ¿Cómo fue el proceso de selección?

- Son cuentos relativamente nuevos, de no más de tres años, un efecto colateral de la pandemia y la virtualidad, cosas que pasan cuando frenan el mundo un rato y se acaban las excusas. Gran parte surgió del Mundial de Escritura organizado por Santiago Llach, una maratón de escritura on line asesina de hojas en blanco. Jugué varias ediciones desde 2020 y, en la octava, mi cuento “Gusano solitario” quedó semifinalista entre más de 10.000 participantes. Si bien esta no es mi primera publicación, fue la primera vez que decidí reunir una cantidad de material que me permitiera pensar y armar una selección propia. Con Fabián Soberón analizamos la cuestión de la coherencia y sintonía entre los textos hasta quedar con este cuerpo de cuentos con identidad propia.

- ¿Cuál es tu técnica para escribir un cuento? ¿Seguís las guías clásicas o tenés un sistema propio?

- Vengo de la escuela de Alba Omil de donde nadie salía sin tomar un buen té y escribir microrrelatos como la gente (o entender que no debería hacerlo). Ese valor de lo no dicho, de lo sugerido en la superficie pero que por debajo es enorme, me quedó tatuado. Un desafío para mí es la disciplina. Con el Mundial de Escritura descubrí que Stephen King tenía razón cuando decía que el muso (para el tío Stepthen la musa es varón) sólo trabaja cuando sudamos la gota gorda. Mientras tanto se la pasa fumando y paseándose por ahí, fingiendo que no nos ve.

- ¿Cómo van surgiendo los temas?

- El asunto de las consignas como disparadores me resultó muy estimulante, sea para cumplirlas o desobedecerlas. En el primer cuento del libro, “Las flores de Dingle”, la consigna era hacer girar el globo terráqueo y pararlo con el dedo en un punto al azar, y escribir sobre ese lugar. Así fue que caí en Irlanda, donde nunca estuve, y escribí un cuento sobre la viudez y la regresión a vidas pasadas. Me interesan los niveles del relato, lo que te estoy contando cuando te estoy contando otra cosa y aprovechar todos los recursos que puedo traerme de los talleres y de las lecturas. La escritura rompió a mi lector inocente. Todo lo que leo es un aprendizaje, todo lo que veo es material de cuento. La escritura en sí es la parte mas ejecutiva de la hechura del texto, pero el proceso viene de antes, de la recolección paciente.

- La presencia del fantástico y de lo extraño es una constante en el libro, al igual que el humor. ¿Crees que en la tucumanidad hay también un fuerte componente de esos elementos?

- La identidad tucumana a veces se comporta como una caricatura de sí misma. El humor y lo fantástico aparecen no solo como un rasgo de personalidad sino también como un mecanismo de defensa ante lo que no entendemos o lo que no nos gusta. Tenemos una historia relativamente corta, somos un pueblo mudado, una ruta abandonada, un crisol de pueblos originarios e inmigrantes que hicieron abrazar a la Pachamama con la Virgen María. Esos elementos macerados en este extremo norte del extremo sur, de repente están siendo enfrentados a un mundo accesible a través de internet y las redes que nos ponen un espejo gigante donde o nos gustamos con rarezas y todo o estamos fritos. Y como todo adolescente, lo tucumano está ahí buscándose y tratando de entenderse, intentando agarrarle la mano lo mejor que puede.

JUGAR CON LA MUERTE. El libro “Nadie quiere ser Beth” está integrado por 18 relatos.

- ¿Quiénes son tus escritores favoritos? Si tuvieras que recomendar tres cuentos de tus lecturas, ¿cuáles serían?

- No me animo a tanto como declarar mis escritores preferidos porque implicaría haberles leído todo, y en ese aspecto las tareas pendientes no me dejan pronunciarme. Pero hay gente que nunca me decepciona, eran o son máquinas de largar maravillas, como García Márquez o Stephen King. De mis últimas lecturas quedé prendada con Selva Almada, Alejandra Kamiya, Samanta Schweblin, Mariana Enriquez, Perla Suez, Maggie O’Farrell y María Fernanda Ampuero. Las chicas se las traen. Mis tres cuentos recomendados, aceptando la injusticia de quedarme con solo tres serían: “Solo vine a hablar por teléfono”, de Gabriel García Márquez. Ese cuento no puedo leerlo sin ver la imagen de mi mamá leyéndolo, pero más allá de mi subjetividad, es muy inquietante; “Catedral”, de Raymond Carver. Es simple y profundo como un tajo; “Una bala en el cerebro” de Tobías Wolff. Habla de la muerte y el amor por el lenguaje, cómo no me va a gustar.